Son las 18.40 de la hora de la siesta de un final de julio como otro cualquiera.
Yo, que soy de familia decente, siempre duermo la siesta. Y sé que la gente del norte (algunos, que ahora Marbella está llenita de euskaldunes, menos uno ;P) se cree mejor que yo porque ellos no suelen hacerlo y trabajan más y se creen que trabajar más es mejor (al cementerio todos después, los buenos, los malos, los que hicieron lo que debían y las que hicimos lo que nos dio la gana) (ah, y si hay cielo, mejor, porque los díscolos entramos antes por aquello de la misericordia divina). Pero no, de ninguna manera, es muchísimo mejor dormir la siesta. Dos jornadas laborales en una, el sueño de todo empresario.
Y si sueñas con delfines (durante la siesta, y no eres empresario) ya es la pera.
Y aún así, me he despertado con taquicardia. No, no sé porqué. O sí, que quedarse dormida con un vestido (rojo) puesto, el aire acondicionado y "amanecer" tapada y sudando no debe ser ni bonito, ni bueno y menos aún glamuroso, pero en fin, ya que me he puesto a escribirlo no me lo voy a guardar.
Cuando era pequeña me obligaban a dormir la siesta. No sé cuántos adultos mataría yo, con distintos y dolorosos métodos, en mis sueños de aquella época... No podía entender que me hicieran perder el tiempo tirada en una cama, y mis hermanos tampoco; y si estábamos en casa de mi abuela a una media de siete u ocho primos a la vez, el follón estaba felizmente garantizado. No hacía falta aire acondicionado en aquella casa, así que de entrada las siestas eran mucho más sanas. O jugábamos, leíamos cartas que nadie debía leer, de esas que creen estar a salvo en un cajón oscuro, o contábamos historias tumbados en las losetas de cemento hidráulico, como las de Bilbao pero en fino, que aquella era una casa cristiana y con jazmines en el patio. Pero eso lo cuento otro día, que se me va a olvidar el sueño de hoy...
Llegué a la playa con mis miedos metidos en la bolsa de plástico negro, grande sin exagerar, llena de antídotos contra esos miedos: cremas solares, agua, pañuelos, llaves, dinero y mi cómopodíavivirsintiantes, es decir, mi Áifon, y la misma toalla de playa que tengo desde hace 17 años (me llevé una bronca de mi contrario de entonces por el precio que pagué por ella, ignorante de la vida, a saber cuántas toallas habrá comprado él ya), y que está impecable como corresponde a los artículos de calidad.
La playa, que antes era enorme, ahora era poco más que una piscina olímpica. Las mismas piedras, la misma arena, los mismos camareros brillantes... pero la playa muy pequeña, y con espectáculo de delfines sin domadores, cuidadores ni similares, a su bola totalmente. Se tiraban encima de la gente porque eran enormes, y nadie se hacía daño. Me siento en el chiringuito y contemplo el espectáculo como si la cosa no fuera conmigo, sentada en medio de la marabunta y no enterándome ni de lo que hablan mis amigos.
De repente siento una brisa en la nuca, me giro, veo su odiosa nariz, me levanto como del rayo, y me voy al agua con lo puesto y... aquí viene lo que me produjo taquicardia... llevaba el Áifon en la mano derecha. Me dio tiempo a pensar que no había enviado ninguna foto a Instagram desde hacia media hora y, lo que es peor, no sabía nadie de Twitter que yo estaba en una playa con delfines, ¿cómo podía seguir el mundo funcionando? Y lo que es más peor de lo peor, ¿cómo podía yo disfrutar de aquello si no lo contaba? Empecé a comprender a Luis Miguel Dominguín mal que me pese, más curas de humildad, que me llueven últimamente, mezcladas con todo lo demás. Me alivió verme capaz de huir de aquella nariz y comprobar que por fin no me seguía, había un delfín enorme mirándola de cerca e impidiéndole el paso.
Así que bikini negro y Áifon a juego, me fui al agua a hacer fotos, tranquila, en plan yolodejocuandoquiera como mi amigo Raúl Diego... Sólo a la orilla claro, que la funda impermeable y sumergible aún estoy esperando a que María Barceló me la regale. Pero hete aquí que un delfín me ve y me reconoce y me sonríe y viene a por mí, era el mismo que asustaba a la nariz perseguidora... y yo que no, que se me moja el teléfono, que sólo quería una foto, me escaqueo y se lleva a otro bañista despistado que me echa la culpa, y finalmente, consiguió alcanzarme, nada difícil por cierto, me cogió de los pies y me subió, me subió, me subió, aquello era hermosísimo, lo que sentí en las tripas no lo puedo contar, pero lo recuerdo muy bien, libre, limpia, sana, desapegada y feliz... y pude hacer unas fotos que parecía yo Juanjo Muñoz un lunes a las 7 de la mañana haciendo fotos de los hierros de la parte de abajo del puente del Metro de San Juan (sin moverse de su asiento ni despeinarse, claro, sino qué mérito iba a ser...)
Finalmente, el delfín me dejó en la arena, despacito, y me tocó la mano para demostrarme que al teléfono no le pasaba nada, y me dio un beso en la frente para que yo supiera que él sabía que no me había hecho daño, sólo me había hecho pasar un rato maravilloso.
Y me sonrió con los ojos, y se alejó, y me quedé en paz.
(Y ahora voy a buscar en mi dueño, el Google, lo que significan los sueños con delfines, ya veré si tengo que volver aquí a retocar algo)

4 dicharachos:
¿La funda impermeable es para el ifone o para el iPad25 ese que te vas a comprar?....¿O te regalo las dos? Dime color y talla, jajajaja
Voy a encargarla ahora mismo no vaya a ser que salga yo en un sueño de esos de miedo y los delfines se conviertan en tiburones y ¡esos si dan miedo!
¡Encantada de salir en el sueño, aunque sea de rafilón y solo como encargada de "atrezzo"!
Un beso
Si no fuera por los sueños......
¿Qué? ;P
Que ¿qué?, pues que la vida seria muy pobre, se diría que media vida, pues nos pasamos la mitad durmiendo y francamente a mi me encanta despertarme con el recuerdo fresco de u agradable sueño; y por otra parte, como mola soñar despierto, eso si que es un lujo, viajas donde quieres, comes lo que te apetece,y........todo lo que quieras sin ningún reparo. ¿Se puede pedir algo más a algo tan barato?
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