La vida de mi madre, porque ella lo eligió así y no supo hacerlo mejor, ha sido siempre una sucursal de la vida de mi padre, que sí que tiene y siempre tuvo vida propia.
Los hijos éramos una consecuencia lógica más que el resultado del amor, así que se nos aceptaba como animales de compañía, siempre que no molestáramos mucho, especialmente si había visitas importantes.
Lo que era importante no tenía nada que ver con la felicidad de la pandilla que llegamos a formar en aquel mal llamado hogar, así que malvivíamos en medio de la abundancia.
Un día mi madre se enfadó muchísimo con mi padre y nos dio una paliza monumental. Mi padre entró en el momento más duro del espectáculo y tras quejarse de lo bochornoso que le parecía, se dirigió a la puerta huyendo de la batalla; yo corrí suplicando que no se fuera, aquella mujer podría matarnos sin ni siquiera darse cuenta, estaba fuera de sí... Pero mi padre, impasible, cogió mi manita y la soltó de su cintura, me caí al suelo y me agarré como una posesa al pernil de su pantalón, él sacudía las piernas en un afán infructuoso de zafarse de mí, yo tenía tanto miedo que mi muñeca, apenas un palito, multiplicó su fuerza por mil.
Finalmente, mi padre liberó sus pantalones de mis manos y se fue dando un portazo dejándonos allí, en manos de la locura.
Tal vez por eso ahora, cuando rompo con un hombre, me interese éste o no, sigo por un tiempo agarrada imaginariamente al pernil de sus pantalones. Y realmente es muy doloroso sentir una y otra vez exactamente lo mismo, como si no hubiera pasado el tiempo... Creo que si él no se hubiera ido, o tal vez si me hubiera explicado porqué lo hizo... la verdad es que nunca supimos lo que mi padre tenía en la cabeza... nunca sabíamos cuál sería el siguiente paso, y eso nos mantenía atados a su alrededor mientras él ejercía el poder desde la ausencia.
(P.L. 32 años)
Los hijos éramos una consecuencia lógica más que el resultado del amor, así que se nos aceptaba como animales de compañía, siempre que no molestáramos mucho, especialmente si había visitas importantes.
Lo que era importante no tenía nada que ver con la felicidad de la pandilla que llegamos a formar en aquel mal llamado hogar, así que malvivíamos en medio de la abundancia.
Un día mi madre se enfadó muchísimo con mi padre y nos dio una paliza monumental. Mi padre entró en el momento más duro del espectáculo y tras quejarse de lo bochornoso que le parecía, se dirigió a la puerta huyendo de la batalla; yo corrí suplicando que no se fuera, aquella mujer podría matarnos sin ni siquiera darse cuenta, estaba fuera de sí... Pero mi padre, impasible, cogió mi manita y la soltó de su cintura, me caí al suelo y me agarré como una posesa al pernil de su pantalón, él sacudía las piernas en un afán infructuoso de zafarse de mí, yo tenía tanto miedo que mi muñeca, apenas un palito, multiplicó su fuerza por mil.
Finalmente, mi padre liberó sus pantalones de mis manos y se fue dando un portazo dejándonos allí, en manos de la locura.
Tal vez por eso ahora, cuando rompo con un hombre, me interese éste o no, sigo por un tiempo agarrada imaginariamente al pernil de sus pantalones. Y realmente es muy doloroso sentir una y otra vez exactamente lo mismo, como si no hubiera pasado el tiempo... Creo que si él no se hubiera ido, o tal vez si me hubiera explicado porqué lo hizo... la verdad es que nunca supimos lo que mi padre tenía en la cabeza... nunca sabíamos cuál sería el siguiente paso, y eso nos mantenía atados a su alrededor mientras él ejercía el poder desde la ausencia.
(P.L. 32 años)

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