“ QUIEN HA HECHO EL CAMINO DE SANTIAGO TIENE SU VIDA PARTIDA EN DOS Y NO PUEDE EVITAR CONVERTIRSE PARA SIEMPRE EN UN EXILIADO”
Hoy es 12 de Agosto de 1.999 y, después de varios intentos, empiezo a escribir la pequeña historia de un gran Camino, el mío, que ni siquiera he empezado a mis casi 40 años.
Es verdad el dicho del principio. Aunque ha habido muchos puntos de inflexión en mi vida, como en la de cualquiera, es posible que el tener que dormir donde hubiera sitio, el tener que comer no siempre bien, el dolor de pies, el maldito peso de la mochila, la gran soberbia de seguir el Camino aún con una brecha en la frente, y un largo etcétera de incidencias (ninguna digna del Guinnes), han hecho que me diga: “¿Verdaderamente necesitas tanto para vivir?”. Aunque a primera vista podría parecer que la respuesta es fácil, pues no lo es. Después de volver, sigo “necesitando” las mismas cosas que antes; la diferencia estriba en que ahora, sé que puedo trabajar para curarme de tanta miseria. Por ejemplo, yo que lloraba amargamente el día anterior a la salida porque no iba a poder dejar a mis hijos tantos días, estuve casi cinco sin llamarles por teléfono básicamente porque no me acordaba de ellos durante largos ratos. Tampoco he tenido allí ninguna crisis de ansiedad de ésas que siempre están acechándome.
Creo que será mejor que no me vaya por los cerros de Úbeda y empiece a escribir de una vez lo que sería exclusivamente el “diario de a bordo”, el cuaderno de campo de una peregrina totalmente inexperta, pero voluntariosa (eso creo).
Día 1 de Julio de 1.999. AVE Sevilla – Madrid.
Buen invento este del AVE. I´m listening music. Rose play with her phone.
He visto la Iglesia y el Auditorio de Posadas desde el tren y, la verdad, no me ha hecho ningún efecto. Si algún día voy a Madrid con los niños, convendrá recordar que el coche 7, asientos 4ª, 4B y 3B, serán los más adecuados.
Rosa está completamente dormida. La estación de Córdoba ya no es lo que era, que la han “convertío en una alamea”, pero subterránea, muy fea, la verdad.
Pensamiento: “Gracias, Tomás; recuerdo a mis niños sin sufrir. Tengo mucho donde mirar y sé que cuando vuelva, serán los mismos y me querrán igual.”
Rosa say: “Qué bien ir hasta Santiago así en el AVE.” Cosas de peregrina dormitando.
Madrid, 21.30 horas. Tren Estrella.
Como el tren, pero al contrario, me he estrellado contra el suelo de Atocha. Me he jodido el codo, la mano, la rodilla, la frente y me temo que tengo una arruga nueva, es decir una hermosa cicatriz en el ceño, ahora parezco más vieja. Duele bastante. Descripción exhaustiva del acontecimiento, después de haber “recuperado” la memoria:
Cargada con más peso del aconsejado, me disponía a caminar por una rampa descendente de la agobiante estación de Atocha, cuando la euforia del momento me hizo cometer la estupidez de decir a voz en grito y hacer atletismo “cómo mira al frente una peregrina auténtica”. Como quiera que el calzado, aunque de calidad, no era el adecuado para caminar por los adoquines, tropecé con uno de estos inventos. Enseguida me di cuenta del peligro y me dispuse a dos cosas: una, no caerme, casi la consigo; la otra, una vez constatado que el golpe era inevitable, era caer lo mejor posible, como hacen los niños en los recreos y parques.
Como habrá adivinado el avezado lector, lo conseguí a medias, rebañándome el codo y las manos. Pero, ¡oh, desgracia!, había olvidado la carga que llevaba en la chepa y que se desplazó en el sentido de la fuerza de la gravedad cayendo sobre mi insigne cabeza y aplastándomela contra el suelo y mis Ray Ban (que por cierto he perdido hace pocos días). Mis queridas amigas quedáronse paralizadas - Mª Carmen dice que me levantó del suelo, pero yo no me acuerdo -, un bulto hasta entonces desconocido por mí empezó a asomar ante mis atónitos ojazos y un chorro de líquido viscoso pero sabroso empezó a chorrear por mi nariz, es decir, empecé a sangrar como un cochino en San Martín.
En vista de que nadie me informaba de la evaluación del desastre, pedí un espejo, hielo, un “kleenex” y hasta una foto. Creo sinceramente que el hielo me salvó la vida, porque los médicos madrileños parecen de Villarriba o Villabajo, y merecerían un capítulo aparte, pero no de este escrito, que pretende ser lo más positivo posible. Paso “dellos”. La foto no me la hicieron y encima me llamaron morbosa; tenga usted amigas para esto.
En vista de que en Atocha no había remedio para mi dolor, decidimos coger un taxi con un taxista de ésos que te dicen “pues yo más” y nos contó que su mujer acabó desgraciándose la retina en un golpe parecido, eso sí, en Lanzarote, que mola más. Y yo le dije: “¿ Yo le he preguntado a usted algo?”. En realidad lo que más me molestaba era no haberme caído en O Cebreiro ayudando a subir a algún anciano desvalido y pensar que tenía que contar la verdad cada vez que alguien me preguntara. En fin, que como si me iba a una clínica perdíamos el tren, decidí no perder el tren. Y nos subimos al Estrella mi amiga Rosa y yo dispuestas a no dormir, por si yo no me despertaba, que según los médicos era una posibilidad dado el frentazo que di, y que eran médicos no saben coser heridas, pero te meten miedo para que luego la familia no pida daños y perjuicios.
(El capítulo del tren Estrella es un poco largo. Me voy a comer. Bye)
Hacía años que no viajaba en un tren como éste. Cabina para ocho personas con el espacio justo, invadiendo el espacio vital de los compañeros de viaje aún sin querer (querríamos si viajara con nosotros el chico Martini, pero no iba). Justo al lado de la puerta, dos ingenieros, uno terminando sus días como mejor puede, viviendo de glorias pasadas que ni siquiera podemos saber si son ciertas, y otro empezando a vivir, Tomás, pese a lo cual dio muestras de una tolerancia que más bien pudiera haber sido propia del anciano. A mi lado, un portero de casa señorial en la Castellana, casi orgulloso de serlo, enfermo del corazón, acompañado de su hijo de 19 años y ambos dispuestos a empezar el Camino sin... “¿ Qué es una credencial?”, me preguntan, Dios mío, aún hay peregrinos más inexpertos que nosotras. Este hombre, que empezó escuchando a Andrés (así se llamaba el viejo ingeniero, poseedor de toda la sabiduría matemática del mundo) con exquisita paciencia, como quería dormir y no podía, terminó blasfemando por lo bajini y poniendo al viejo de “hojaperejil”. Al lado del portero de finca iba una servidora que, como todo no iba a ser malo, tenía el asiento de enfrente vacío, con lo cual podía “espatarrarme” de vez en cuando. A mi derecha, siempre al lado de la ventana, mi amiga del alma, Rosa la viajera y, enfrente de ella un espécimen masculino que dormía como tal. No muy lejos, en la cabina siguiente viajaba nuestro nuevo amigo, Antonio, al que aún no había hecho mención probablemente porque no recuerdo bien a qué dedicó su tiempo libre durante mi golpe.
Andrés estuvo entreteniéndonos con fórmulas matemáticas e historias rancias que parecen ser su alimento espiritual. Me abstengo de criticarle por si mi vejez, en caso de poder llegar a disfrutarla, se convierte en algo parecido o incluso peor. Y el bueno de Tomás sostuvo la conversación cuando ni Rosa ni yo teníamos ganas de seguirle el rollo. Llegó el buen hombre a desafiarme, amenazando con mandarme a Sevilla en estado de buena esperanza (en este caso, desesperanza e incluso desesperación), debido a que mis piernas, pese a su edad, le emocionaban, ¿y por qué no me mira usted la frente y la herida, a ver si se le pasa el calentón?. Qué simpática eres aunque te pongas arisca, cordobesa, me dijo, así que me rendí, pelear con alguien que no tiene nada que perder es fracaso asegurado. Ochenta y siete añitos el chaval, ni siquiera podría consolar a doña Rogelia. Eso sí, dejó claro que para ello necesitaba mi permiso, todo un detalle. Un hombre de los que ya no hay, vaya (salvo en Getafe, claro, pero ésa es otra historia). Resumiendo: Una noche diferente.

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