Dise el podómetro del áifon que he dado 6.500 pasos. Con los zapatos, carísimo, ¿por qué lo haría?, que me regaló mi penúltimo novio (un abogado de esos que creen que los deshonestos son los demás abogados) debería haber vuelto con el culo en los omóplatos, pero no, sólo he vuelto feliz y contenta, qué bien me ha sentado visitar la city en domingo por la mañana, con su olor a churros y a tostadas de aceite y jamón, con sus iglesias llenitas de gente, qué bueno debe ser el communitymanayé del Vaticano en Sevilla, la boutique de Santa Ángela de la Cruz de bote en bote. Y sí, también, con su pestazo a orín y alcohol rancio en la Plaza de Molviedro. Cuánto inútil nos gobierna... la plaza de la Encarnación parece un escenario de los Guns ´n roses a medio montar, qué asco.
En vez de salir a limpiar la mugre de los gañanes (y gañanas) el domingo por la mañana, lo suyo es comprar camiones manguera y limpiar de 12 de la noche a seis de la mañana a los propios gañanes. Es decir, manguera en ristre recorrer cada rincón de la botellona y regar al personal que esté meando en los zócalos que construyeron con tanto amor (y grosor, no los tabiques de ahora que no quitan ni el frío ni la calor) nuestros antepasados.
Hoy bajé a pasear el lado humano de la ciudad, no pasé de la flora pero espeté my concentrada a la fauna. Y hay de todo. Un señor muy atractivo, pero guapo pa reventar, cagoenlapenanegra, con una ropa que algún día fue bonita, muy sucio, sostenía una litrona en la mano izquierda y un libro que leía como si le fuera la vida en ello, en la mano derecha. Me cruzo con un matrimonio de estampita. Unos 59 años que parecen 70; ella, marcada de peluquería se apoyaba en el brazo de él, camisa impecable y una deslumbrante corbata amarilla con alfiler de oro, iban comentando la boda de la hija de su mejor amigo... nosotros no repetiremos el error, decía ella. Por la calle Cuna, absolutamente entera para mí, o casi, se acerca un señor mirando al cielo y casi gritando, ¿paraguas? ¿por qué tengo yo que sacar un paraguas? ¿acaso va a llover? claro, saco el paraguas, porque tú lo digas, y voy y lo pierdo, porque los paraguas se sacan para perderlos, porque llover no llueve, ¿o es que va a llover cada vez que le salga de los huevos al tío del tiempo? que no lo saco, que no me da la gana, si quiere paraguas, que lo saque él con los cojones porque a mí no me da la gana... sigue repitiendo la letanía mientras camina despacio, miando al cielo y le oigo cada vez más lejos.
Como siempre, hay mucho guiri por las calles, en cada rincón, dos señoras se comen el coco para salir juntas en una foto, me ofrezco y se la hago, las saco guapas. Los escaparates de la calle Franco siempre me remueven las tripas; un torbellino de sentimientos, rabia, asco y ternura se mezclan sin que pueda parar ni organizar lo que siento. Ni lo intento, dejo que las emociones vayan y vengan a su aire y terminan yéndose por su cuenta. Mi relación de amor-odio con esta tierra es adictiva y ya no lucho, la disfruto.
Me acerco a casa de Cayetana, en la calle Dueñas, pero ha salido con Alfonso, me informa la monja del convento: la duquesa ha dejado la puerta abierta, si quiere pasar al patio... los guiris de España se enrollan con la monja que les cuenta cosas de Cayetana, qué bien se lo pasa la sor, las calles empiezan a llenarse de gente, es hora de ir volviendo a casa, menos mal que en algunos rincones ya no pueden construir, aunque visto lo visto, igual declaran la Giralda zona urbanizable.
Justo cuando le doy al contacto del coche empieza a llover. Voy a Faustino y compro kakis y castañas . Es otro domingo perfecto.




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