El descubrimiento crucial sobre cualquier pueblo es saber qué relación existe entre sus hombres y sus mujeres. Pearl S. Buck

La conversación de aquellas mujeres se convirtió en el centro de atención de todo el mundo.
Cajera uno: Tú con tal de no estar en tu casa con tushíhos te inventas hasta lo de ir al hospital. Lo que sea menos aguantar a sus niños, dijo en voz alta y como dirigiéndose al respetable, que tan atentamente seguíamos su diatriba cariñosa.
Ella: Cuidao lo que está diciendo. Ten cuidaíto, a ver si se van a creer toa esta gente que soy una mala madre y que no quiero a mis hijos.
Cajera uno: Eso te pasa por tener tantos, ¿es que no eres capaz de aguantarte las ganas?
Ella: ¿Y tú? Lo bien que vives ahí sentada todo el día, dijo, como si vivir bien fuera un pecado, ¡A ver si te levantas del banquito! Cuidao lo que ha dicho, se va a creer la gente que no quiero a mis hijos, insiste buscando la aprobación del ya más que interesado público, ¡Pero si he estado todo el rato en el hospital llamando a unos y otros, que los tengo por toa Sevilla repartíos, que no sé lo que voy a pagar en móvil, y luego se cree el otro que me lo gasto charlando contigo! ¡A ver si levantas el culo ya de ahí!
Cajera uno: Nschtté, que a mí me pagan por mover las manos, dice mientras zarandea con recochineo el paquete de garbanzos paseándolo por el escáner, y no por estar de pie.
Ella, cambiando de conversación: ¿Qué, cómo está tu madre?
Ella parece tener una personalidad modelo amazona acorazada, todo el día simulando que puede con todo, que no pasa nada, que su cabreo sólo es sentido del humor. Sin embargo, la cajera parece una mujer más sumisa,con esa falsa sumisión que sólo las mujeres hemos aprendido a interpretar, que diría una psicoanalista americana, y por lo tanto, no puede dejar salir su ira de cualquier manera, así que la disfraza contestando pausadamente, como la hija aparentemente buena y obediente que cree que tiene que ser.
Cajera uno: Ya ves, la pobre, cómo aguanta, con la cadera rota, sin moverse, que la tenemos que ir a cuidar, con todo lo que hay por hacer...
Amiga: Es una gran mujer, qué capacidad, qué aguante, qué sacrificada.
Cajera uno: Bueno, bueno, dice claramente molesta por no llevarse su recompensa en halagos, pero a mí me da miedo verla así, porque eso que se está aguantando tiene que salir luego por algún lado, y a eso le temo yo más que a una vara verde.
Vaya, pensé, puede que no hayan leído a Jung, pero la intuición femenina es inapelable, inmensa y tremendamente sabia.
Ella va al final de la caja para cortar esa conversación que todas sabían que no podía seguir, que se había convertido en una conversación espesa, con demasiada carga emocional, y ayuda a su amiga a guardar la compra en las bolsas.
Amiga: ¡Coño, tía, mira las magdalenas, que me las estás espachurrando!
Ella: ¡Será hijaputa, encima que te ayudo!
Amiga (volviéndose airada y ya un poquito harta del estrés de Ella): ¿Y a ti quién te ha dicho que yo necesito ayuda?
Ella no se lo tiene en cuenta, al fin y al cabo se tienen unas a otras, se apoyan, se ríen, se critican, se quieren y se odian, y viven como han vivido la mayoría de las mujeres desde que el mundo es mundo: haciendo vida de patio de casona andaluza, o de patio de luz, o de puerta en verano, de parque, de cola del mercado, siempre mirándose de reojo y siempre tendiendo una mano, por si acaso alguien la necesita.

Cajera uno: ¡Un poquito de relajación, a ver si nos tranquilizamos que aquí viene gente de orden! Vamos pa casita y cuando llegues, le dice a Ella, te tomas dos valerianas, pero no dos pastillas, no. Tú hoy necesitas dos cajas.
Cajera dos: En vena, diría yo, hay que ver cómo estamos.
Ella a la cajera dos: ¡Oiga! A ver que maldecimos por ahí.
Cajera dos: Oiga no, si te quieres dirigir a mí, que sea con respeto. Yo pa ti soy doña Oiga, a ver si la vamos a liar.
Todas se ríen otra vez, a carcajadas fuertes, como para echar los demonios fuera, el dolor, el tedio y el cansancio. Porque todas tienen cara de cansadas, cara de estar hartas de ser las más pobres entre los pobres y entonces yo pienso si este juicio sumarísimo que estoy haciendo por mi cuenta tiene que ver con sus realidades o es sólo que no he podido evitar verme en ellas como en un espejo, mientras pienso que yo esa vida no la podría soportar. O sí, vaya usted a saber, porque en el fondo, aunque sea muy en el fondo y por mucho que nos joda... todas llevamos una poligonera dentro.
El que otros piensen que son inofensivas lleva a algunas mujeres al frenesí; intentan afearse imitando las maneras de los hombres y lo consiguen. Sueltan tacos, mientras se fuman un puro y queman la colcha, ingiriendo alcohol puro, con los ojos inyectados en sangre, hinchadas por la vanidad esperando la gloria: ¡escribe como un hombre!
Carolyn Kizer (tomado de La mujer herida, de Linda Schierse)
Carolyn Kizer (tomado de La mujer herida, de Linda Schierse)
7 dicharachos:
Oyes, ehto eh un dercubrimiento que acabo de faceh en ehte preciso momento.
Fichao par Reader.
Muy bueno. No sabía yo de esta faceta oculta.
Es lo que tiene esto de los hiper, a unas les sirve de terapia y a otros solo nos sirve para empujar un carro repleto de "queseyos" y mirar culos.
Como escribes !jodia!
Salud
Magnífica la serie Mercadona, pa variar. Magnífica. Y yo me quedo colgao en cada párrafo, porque lo veo lleno.
Llenos de cosas que tu advertiste y que sin escribirlas nos cuentas... y nosotros (y vosotras) podemos verlas.
Muy bueno, Lola.
Gracias
Uys, lo he puesto en el de abajo... La falta de costumbre.
Pos me repito, total.
Esto Lola... 20 días hace que no vas al Mercadona ú qué?. Tus nuevas compras "gourmet" no te inspiran ú (otra vez) qué?.
Argh
EEEsso, Lola, cuando sale el IV, que ya estoy cansao de entrar pa na.
Es que lo del Betih la sentao mu mal, pero que mu malamente.
Ahora ya ni Mercadona.............
Si fuese al Erojky: otra galla cantaría.
http://www.youtube.com/watch?v=NNJGNxRvgvM&feature=related
Publicar un comentario en la entrada