6.5.09

Mercadona. Capítulo I

Hay mercadonas por todas partes. Ya es imposible , ni poniendo empeño, quedarse sin el queso rallado para las ensaladas, la verdura del sofrito que tanto tiempo te ahorra y ese sin fin de briks, bolsas y botes todos iguales vayas a la provincia que vayas, robando exotismo a los viajes. Han sido listos y hay casi tantos mercadonas como farmacias en cada rincón del suelo español. El otro día sin ir más lejos, estuve en el Mercadona de la carretera de Banús a Estepona. Coches caros en el parking, gente tranquila y bronceada por los pasillos, madres hablando bajito, padres guapos y amables, carros llenos de agua mineral para guiris que no se atreven con nuestros grifos, poco colesterol y dinero de plástico a la hora de pagar.



Y hoy he ido al mercadona de un barrio de esos que llaman obreros, y he aprendido mucho más de la vida en diez minutos de lo que aprendería en el otro en dos días sentada en la puerta. No había gente bronceada ni gafas de sol de Versace, éramos todos gente corriente, hasta que me crucé con Ella. Iba como un cohete tirando de la cesta llena. Vestía unas mallas negras que debían estar haciéndole sudar el pensamiento. Calzaba unas bailarinas caladas con estrellitas, que algún día fueron doradas y ahora son color asfalto con un toque nomedatiempodelimpiarlas (hoytampoco). Y una camisa que no tenía nada que ver ni con una cosa ni con otra. Como si la hubiera cogido deprisa del tendedero antes de salir a la calle. El pelo, como no podía ser de otro modo, negro zahíno y recogido en una cola de caballo semidespeinada.

Había mucha gente haciendo cola para pagar y respiré hondo para no pensar que estaba perdiendo el poco tiempo de vida que me queda en una cola del mercadona, cuando llegó
Ella y se puso detrás de mí. Alineó su canasto con el mío, como marcando el territorio, y resoplando y pensando a borbotones se fue y volvió con un paquete de magdalenas. Volvió a resoplar y volvió con una lata de atún... coño, la cervecita, para un vicio que tengo... Tía, estoy muerta, dijo Ella. La miré creyendo que me daba conversación cuando la señora rellenita de delante le contestó, ¿Y éso? Ya ves, hasta el coño. Cuatro horas en el Virgen del Rocío con mi madre, como no tengo ná que hacer, ahora me paseo por los hospitales. ¿Y para qué ha ido tu madre al hospital? Una colonoscopia, informa Ella sin mucho entusiasmo. Ushhh, ¿y por qué le hacen eso, qué tiene la pobre?, pregunta interesada la amiga.
Ella se coloca bien la malla, se estira el sujetador, se aprieta la goma del pelo, todo eso en un segundo, y contesta muy segura de sí misma: Ostia tía, la he llevao, he tenío que dejar a los niños repartíos, la he aguantao, he esperao allí cuatro horas sin decir ni mú, y ¿encima quieres que sepa lo que tiene? ¡Y yo qué sé lo que tiene!, la he llevado, ¿no?, pues ya está.

Es más que obvio que
Ella no quiere mucho a su madre y como seguramente nadie le habló del psicoanálisis, los grupos de anónimos ni de las bondades del perdón, pues se desahoga en el mercadona, que por el mismo precio se lleva la cesta llena y el alma algo más limpia. Empecé a interesarme mucho por lo que debía sentir una mujer así y la miré de cerca. Ah, claro, tiene psoriasis, normal, por alguna parte hay que largar la ira de tantos siglos acumulada, más la propia, que no debe ser moco de pavo... y empecé a sentir afecto por aquella desconocida.


1 dicharachos:

nanasdelacebolla dijo...

Con mucho menos material se han escrito "grandes obras" de la literatura española.

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