Hoy he vuelto al cine. Siempre que puedo, vuelvo al cine. Y me conformo con el cine que tenemos, porque no hay otro, pero llevo muy mal el público que tenemos, porque creo que eso sí que es mejorable, no diré que solucionable porque desde los diez años, por algo que no viene a cuento, no creo en los milagros.
El caso es que, por empeño de no bajar a la capital de una de mis amigas, para ir a mi viejísimo y querido cine Avenida, versiones V.O., hemos ido a un cine de centro comercial de la zona. No es que en el Avenida seamos todos los espectadores "de pelito", pero la mayoría sabe comportarse. Y no es que los espectadores de cines de centros comerciales sean todos unos impresentables, pero la probabilidad de encontrarse con cenutrios varios es inmensamente mayor. Es decir, la misma gente que aparca donde le sale de los huevos en carrefures varios, va a los cines de centros comerciales. Resumiendo, hoy hice deporte de riesgo yendo a ese tipo de sitio, y claro...
Fila 7, en el pasillo, a mi aire, sitio sobrado para estirar las piernas y, lo reconozco, asientos benévolos con la espalda, que los del Avenida son para faquires. Dispuesta a ver una película americana de las que ya sabes lo que va a pasar, pero que entretiene y está más o menos bien hecha (La sombra del poder), de periodistas, de macizorros que después de Hugh ya no me emocionan, y con lo que me gusta a mí el sonido de las teclas de un ordenador y en la pantalla gigante... todo el cine en silencio... y entonces empezó la pesadilla.
En la misma fila 7, al otro lado del pasillo, bastante amplio, un señor de unos 37 años. Ni uno más, ni uno menos, mirándole a la cara. Mirándole la barriga 69 años y 90 kilos, y recordé la mala leche que destiló el endocrino que llevaba la salud de mi madre hace años: ¡Señora, el aire no engorda! Miéntase a sí misma, pero no me mienta a mí. Me encantó aquel médico tan honesto, y tan caro.
A lo que iba. El viejoven barrigón, aparentemente orgulloso de ambas cosas (aunque yo no me lo creo), empezó el concierto al mismo tiempo que empezó la película. Hay gente torpe que cree que la oscuridad del cine les pone a resguardo de todo, y de eso, nanay. Primero chupó con ganas la pajita de la macrococacola, ssschhrrrttt. Después, sacó la pajita y la volvió a meter (en el vaso) con el consiguiente ñiiieeecccc del plástico fajado a la cañita de los cojones. Le miré. Me miró. Se levantó de pronto como si hubiera sonado una alarma y bajó la escalera a galope de cerdo, que no de pura sangre, tlonc, tlonc. Pensé que igual tenía diarrea y no podría volver; me sentí aliviada, pero la felicidad duró lo que tardaron en servirle un bocoy de palomitas y una bolsa de kikos de los gigantes, que yo distingo muy bien su sonido de los kikos pequeños de toda la vida. Compró kikos transgénicos, claro, no podía ser de otro modo. Para colmo de males la película sufrió una parálisis de un minuto en el que comenté con mis amigas mi problema y el payo se enteró, pero hizo como que no.
El viejoven con papeletas para una angina de pecho en modo aviso, se sentó en su asiento como si viniera del París-Dakar a pie. Jadeando y medio ahogado por el esfuerzo de subir la escalera de la sala, se tiró al asiento, lanzó un bufido y empezó a devorar lo que quiera que fuera aquello que había comprado al por mayor, sin darse un respiro, como si se lo fueran a quitar y, lo que es peor, como si estuviera en su casa, o lo que es peor, más peor aún, en la de su consentidora madre que no le enseñó a comportarse en público. Y su padre, obviamente, menos. Crunch, crack, tronch, crunchcrunchcrunch, mis nervios se iban erizando, cambiaba de postura, me daba media vuelta, pensaba aquello de si no le dejo, no puede hacerme daño, todo está en mi mente, tengo que ignorarlo, no puedo cambiar el mundo, y a mí qué más me da... Cuando más zen me sentía, mi cuerpo (que sabe que no hemos estado nunca en el Tíbet) solito se dio la vuelta, sin pedirme permiso, y dijo bajito y dulcemente: "Por favor, ¿podrías dejar de hacer ruido?" En una décima de segundo vi un rayo de odio en su mirada, un asco infinito y sobre todo, una sorpresa que no le dejó más que la única salida que yo intuía que él conocía: la agresividad y el cabreo. Una reacción muy habitual cuando alguien recibe una regañina pública de una persona que no conoce.
De muy mala leche, me contestó algo que yo no entendí, y ya puesta, no pude dejar de insistir: "¿Cómo dices?", otra vez muy dulcemente y muy bajito. "Que cuando termine", dijo él con muy mala baba y muy incómodo. Me dio la sensación de que era la primera vez que le pasaba algo así. "Ah, vale", dije yo, con una amplia sonrisa.
Esperé unos segundos y tras dar el último cubazo en el suelo con el cartón ese que le copiamos a los americanos y comerse los dos kikos de miscojonesclubdefútbol, fue incapaz el pobrecito casi ni de respirar. Pude ver el previsible fin de la película totalmente en paz, disfrutando de la música y de los ojitos de Russell Crowe... qué ejemplares da Australia, incluida la Kidman... va a ser cosa de tomarse una tila e ir a ver canguros, que allí dicen que hay muchos solteros (canguros y de los otros).
En fin, que dice la Sinde que va a ordenar Internet para que nadie piratee y robe películas, canciones ni nada de nada, y digo yo que antes tendrán que hacer cosas más urgentes, porque el cine no me lo estoy cargando yo que soy casi adicta. El cine se lo cargan los malos cineastas, la falta de ideas de los tiempos que corren, las salas estúpidas que ahorran minutos encendiéndote la luz en la cara cuando aún lloras porque Denis murió (vale, de eso hace mucho tiempo, pero a mí me sigue doliendo infinito), y sobre todo, sobre todo, que entra cualquiera sin título de espectador formalito, sin que nadie le diga nada.
Señora Sinde, por favor, no impida a los viejóvenes devoradores de palomitas y kikos bajarse las películas del eMule para verlas en el sofá de su casa, y dejarnos a las viejas glorias disfrutar del cine de antes en paz. Menos mal que prohibieron fumar y las pipas, si no, yo no sé qué sería de mi alma fantasiosa.
El caso es que, por empeño de no bajar a la capital de una de mis amigas, para ir a mi viejísimo y querido cine Avenida, versiones V.O., hemos ido a un cine de centro comercial de la zona. No es que en el Avenida seamos todos los espectadores "de pelito", pero la mayoría sabe comportarse. Y no es que los espectadores de cines de centros comerciales sean todos unos impresentables, pero la probabilidad de encontrarse con cenutrios varios es inmensamente mayor. Es decir, la misma gente que aparca donde le sale de los huevos en carrefures varios, va a los cines de centros comerciales. Resumiendo, hoy hice deporte de riesgo yendo a ese tipo de sitio, y claro...
Fila 7, en el pasillo, a mi aire, sitio sobrado para estirar las piernas y, lo reconozco, asientos benévolos con la espalda, que los del Avenida son para faquires. Dispuesta a ver una película americana de las que ya sabes lo que va a pasar, pero que entretiene y está más o menos bien hecha (La sombra del poder), de periodistas, de macizorros que después de Hugh ya no me emocionan, y con lo que me gusta a mí el sonido de las teclas de un ordenador y en la pantalla gigante... todo el cine en silencio... y entonces empezó la pesadilla.
En la misma fila 7, al otro lado del pasillo, bastante amplio, un señor de unos 37 años. Ni uno más, ni uno menos, mirándole a la cara. Mirándole la barriga 69 años y 90 kilos, y recordé la mala leche que destiló el endocrino que llevaba la salud de mi madre hace años: ¡Señora, el aire no engorda! Miéntase a sí misma, pero no me mienta a mí. Me encantó aquel médico tan honesto, y tan caro.
A lo que iba. El viejoven barrigón, aparentemente orgulloso de ambas cosas (aunque yo no me lo creo), empezó el concierto al mismo tiempo que empezó la película. Hay gente torpe que cree que la oscuridad del cine les pone a resguardo de todo, y de eso, nanay. Primero chupó con ganas la pajita de la macrococacola, ssschhrrrttt. Después, sacó la pajita y la volvió a meter (en el vaso) con el consiguiente ñiiieeecccc del plástico fajado a la cañita de los cojones. Le miré. Me miró. Se levantó de pronto como si hubiera sonado una alarma y bajó la escalera a galope de cerdo, que no de pura sangre, tlonc, tlonc. Pensé que igual tenía diarrea y no podría volver; me sentí aliviada, pero la felicidad duró lo que tardaron en servirle un bocoy de palomitas y una bolsa de kikos de los gigantes, que yo distingo muy bien su sonido de los kikos pequeños de toda la vida. Compró kikos transgénicos, claro, no podía ser de otro modo. Para colmo de males la película sufrió una parálisis de un minuto en el que comenté con mis amigas mi problema y el payo se enteró, pero hizo como que no.
El viejoven con papeletas para una angina de pecho en modo aviso, se sentó en su asiento como si viniera del París-Dakar a pie. Jadeando y medio ahogado por el esfuerzo de subir la escalera de la sala, se tiró al asiento, lanzó un bufido y empezó a devorar lo que quiera que fuera aquello que había comprado al por mayor, sin darse un respiro, como si se lo fueran a quitar y, lo que es peor, como si estuviera en su casa, o lo que es peor, más peor aún, en la de su consentidora madre que no le enseñó a comportarse en público. Y su padre, obviamente, menos. Crunch, crack, tronch, crunchcrunchcrunch, mis nervios se iban erizando, cambiaba de postura, me daba media vuelta, pensaba aquello de si no le dejo, no puede hacerme daño, todo está en mi mente, tengo que ignorarlo, no puedo cambiar el mundo, y a mí qué más me da... Cuando más zen me sentía, mi cuerpo (que sabe que no hemos estado nunca en el Tíbet) solito se dio la vuelta, sin pedirme permiso, y dijo bajito y dulcemente: "Por favor, ¿podrías dejar de hacer ruido?" En una décima de segundo vi un rayo de odio en su mirada, un asco infinito y sobre todo, una sorpresa que no le dejó más que la única salida que yo intuía que él conocía: la agresividad y el cabreo. Una reacción muy habitual cuando alguien recibe una regañina pública de una persona que no conoce.
De muy mala leche, me contestó algo que yo no entendí, y ya puesta, no pude dejar de insistir: "¿Cómo dices?", otra vez muy dulcemente y muy bajito. "Que cuando termine", dijo él con muy mala baba y muy incómodo. Me dio la sensación de que era la primera vez que le pasaba algo así. "Ah, vale", dije yo, con una amplia sonrisa.
Esperé unos segundos y tras dar el último cubazo en el suelo con el cartón ese que le copiamos a los americanos y comerse los dos kikos de miscojonesclubdefútbol, fue incapaz el pobrecito casi ni de respirar. Pude ver el previsible fin de la película totalmente en paz, disfrutando de la música y de los ojitos de Russell Crowe... qué ejemplares da Australia, incluida la Kidman... va a ser cosa de tomarse una tila e ir a ver canguros, que allí dicen que hay muchos solteros (canguros y de los otros).
En fin, que dice la Sinde que va a ordenar Internet para que nadie piratee y robe películas, canciones ni nada de nada, y digo yo que antes tendrán que hacer cosas más urgentes, porque el cine no me lo estoy cargando yo que soy casi adicta. El cine se lo cargan los malos cineastas, la falta de ideas de los tiempos que corren, las salas estúpidas que ahorran minutos encendiéndote la luz en la cara cuando aún lloras porque Denis murió (vale, de eso hace mucho tiempo, pero a mí me sigue doliendo infinito), y sobre todo, sobre todo, que entra cualquiera sin título de espectador formalito, sin que nadie le diga nada.
Señora Sinde, por favor, no impida a los viejóvenes devoradores de palomitas y kikos bajarse las películas del eMule para verlas en el sofá de su casa, y dejarnos a las viejas glorias disfrutar del cine de antes en paz. Menos mal que prohibieron fumar y las pipas, si no, yo no sé qué sería de mi alma fantasiosa.


3 dicharachos:
Al menos no te han puesto los piés al lado de tu oreja derecha(a mí más de una vez). Me encanta ir al cine y ya no voy casi al cine, no soporto a la gente que se cree que está en el sofá de su salón, comentando a viva voz la película y comiendo kilos de carbohidratos. Encima, cuando voy con mi hija y se me ocurre decir ¿os podéis callar por favor? ¿te importa quitar tus piés del respaldo? siento un fuerte tirón en el brazo y un bajito !mamaa! de reproche, como si fuera yo la maleducada.
Echo de menos sumergirme por completo en una película, olvidarme de lo que me rodea y disfrutar.
A quién se le ocurre ir al cine en compañía de un comze-hall de cultura......
(de Tomares, y en fila "0" (la de los mancos))
Ejqueeeeeeeeeeeee!!!!
:-))))))
Caramba Lola no sabía que fueras adosista. En fin que con esto del cercanías que os han puesto desde er Metromá de Mairena del Adosafe ya no necesitáis la fragoneta para bajar en chándal a Sevilla y os olvidáis de la barbacoa de los sábados y de cortar el césped del adosado.
¡Qué país!.
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