Hay pocos sitios que me gusten menos que Carrefour. Al menos el carrefú de mi zona. Y no, no sé porqué sigo yendo. Bueno sí. Sí que lo sé. Me mandan un cheque cada tres meses y venden colacao con cereales tamaño gigante, que no lo tienen en Hipercor, ni en Mercadona, ni en el MAS. Así que normalmente, cada dos meses voy a comprar el colacao con el cheque regalo de casi 40 euros. Pero después de hoy renuncio al cheque y al colacao y vuelvo a hacer la compra on line en elcorteinglés, como cuando estaba casada y podía permitírmelo.

El carrefú es, además de cutre y el templo del antiglam, desesperante, tedioso, feo, y tiene los clientes más cutres de los alrededores, excepto alguna criatura despistada como yo.
Cinco minutos fueron suficientes para comprar las tres cosas que llevaba, que terminaron siendo veinte, lo que necesitaba y los poyaques (la Montse Nebrera no sabe que los poyaques son cosas que se compran o se hacen "po ya que estoy aquí"). Primera caja, me dice que ya está cerrada, segunda caja, una etiqueta que no está, llaman a la patines, tercera caja, una tarjeta que no pasa, cuarta caja, diez artículos, me paro, miro, dos señoras llevan un carro enorme, la cajera les dice que no se puede, pero que vale, y aprendo. Hago lo mismo y funciona. Al fin libre, me ahogo allí metida. El aire de la calle es frío y me alivia la tensión.
Pero llego al coche y está encerrado. Un espantoso monovolumen con una muñeca psicópata de plástico detrás y letras de acero en el salpicadero que dicen IVAN está aparcado impidiéndome salir. Mi vecino de aparcamiento sonríe, parece darle igual, no quiere llegar a su casa.
Llamé al señor vigilante para pedirle socorro. Entablé conversación con mi vecino de aparcamiento que tampoco podía salir, sugiriéndole que le rayáramos con las llaves el coche del gañán, pero no quiso. El señor securitas me dijo que no merecía la pena enfadarse, y yo le dije que estaba de acuerdo, pero que qué hacía con tanto furor, y me dijo: Por dios, yo tengo muchas ideas para acabar con eso, y me sonrió. Déjate de coñas, pensé, que llevo un rato echando humo en la caja, ahora ésto y no puedo acabar la tarde aplacando mi calor en el parking del carrefú y al relente, eso sí que no.
Y entonces le vi: vi de lejos a un gañán en la cosa esa que tienen los carrefures para celebraciones de cumpleaños infantiles causa de muchas visitas al psiquiatra cuando los nenes se hacen mayores. Le vi y no estaba solo, estaban la ella, la madre de la ella, la hermana de la ella y la víctima, menor de edad. Miré al securitas y se lo dije señalando con el dedo: es aquél, pero si voy a preguntarle y resulta que mi intuición ha vuelto a no fallarme, me enfadaré y sabe dios qué puede pasar con el mobiliario del sitio.
El gañán tenía todos los atributos propios de un gañán del lugar, que además es asiduo al mismo: barba de no se sabe cuántos días, nada que ver con tanta barba sexy que todas tenemos en mente: barriga cervecera y orgullo por lucirla, o desvergüenza, que para el caso, es igual; greñas en el sitio en que debería estar el pelo y que anuncian que hace meses, muchos meses, que no visita al peluquero, ni piensa hacerlo (como tiene la coronilla pelada, está esperando con el mando de la tele en la mano, a que el resto del pelo se caiga también); la otra mano, en la bragueta...
Y lo esencial: el chándal gris y azul de las últimas rebajas.
Lo juro, nunca más iré a ese sitio tan feo.

El carrefú es, además de cutre y el templo del antiglam, desesperante, tedioso, feo, y tiene los clientes más cutres de los alrededores, excepto alguna criatura despistada como yo.
Cinco minutos fueron suficientes para comprar las tres cosas que llevaba, que terminaron siendo veinte, lo que necesitaba y los poyaques (la Montse Nebrera no sabe que los poyaques son cosas que se compran o se hacen "po ya que estoy aquí"). Primera caja, me dice que ya está cerrada, segunda caja, una etiqueta que no está, llaman a la patines, tercera caja, una tarjeta que no pasa, cuarta caja, diez artículos, me paro, miro, dos señoras llevan un carro enorme, la cajera les dice que no se puede, pero que vale, y aprendo. Hago lo mismo y funciona. Al fin libre, me ahogo allí metida. El aire de la calle es frío y me alivia la tensión.
Pero llego al coche y está encerrado. Un espantoso monovolumen con una muñeca psicópata de plástico detrás y letras de acero en el salpicadero que dicen IVAN está aparcado impidiéndome salir. Mi vecino de aparcamiento sonríe, parece darle igual, no quiere llegar a su casa.
Llamé al señor vigilante para pedirle socorro. Entablé conversación con mi vecino de aparcamiento que tampoco podía salir, sugiriéndole que le rayáramos con las llaves el coche del gañán, pero no quiso. El señor securitas me dijo que no merecía la pena enfadarse, y yo le dije que estaba de acuerdo, pero que qué hacía con tanto furor, y me dijo: Por dios, yo tengo muchas ideas para acabar con eso, y me sonrió. Déjate de coñas, pensé, que llevo un rato echando humo en la caja, ahora ésto y no puedo acabar la tarde aplacando mi calor en el parking del carrefú y al relente, eso sí que no.
Y entonces le vi: vi de lejos a un gañán en la cosa esa que tienen los carrefures para celebraciones de cumpleaños infantiles causa de muchas visitas al psiquiatra cuando los nenes se hacen mayores. Le vi y no estaba solo, estaban la ella, la madre de la ella, la hermana de la ella y la víctima, menor de edad. Miré al securitas y se lo dije señalando con el dedo: es aquél, pero si voy a preguntarle y resulta que mi intuición ha vuelto a no fallarme, me enfadaré y sabe dios qué puede pasar con el mobiliario del sitio.
El gañán tenía todos los atributos propios de un gañán del lugar, que además es asiduo al mismo: barba de no se sabe cuántos días, nada que ver con tanta barba sexy que todas tenemos en mente: barriga cervecera y orgullo por lucirla, o desvergüenza, que para el caso, es igual; greñas en el sitio en que debería estar el pelo y que anuncian que hace meses, muchos meses, que no visita al peluquero, ni piensa hacerlo (como tiene la coronilla pelada, está esperando con el mando de la tele en la mano, a que el resto del pelo se caiga también); la otra mano, en la bragueta...
Y lo esencial: el chándal gris y azul de las últimas rebajas.
Lo juro, nunca más iré a ese sitio tan feo.
6 dicharachos:
Pues no y no, un Carrefour tiene su puntito, al igual que una pareja de adosistas ( dícese de aquellas perosnas que viven en un adosado en el extrarradio de la ciudad y que van al híper vestidos de chándal.
Incluso puede surgir el amor en esos lugares. mira:
http://misreflexionesenvozalta.spaces.live.com/blog/cns!AF3DA075C3C74B28!6419.entry
Saludos glamurosos
Y ¿no te salen granos por doquier con tanto Cola-cao?
Lo del garrulo... bueno pseh, lo entiendo: es lo típico de vuestro país. Aquí no pasa; bueno sí, en el Mercadona claro (por lo de la globalización y tal).
A mí es que me envían un CH-47 cargado de viandas día sí, día también.....
Casa Pepe, menudo payo, oiga...........
www.casapepe.info
Si es que tais tontas con los carrefures, los días, los alcampos los medias mars, los cortes ingleses, los supercomprin......
Si es que no sabis hacer nada si no es en mana; yo compro la leche ande la Juliana, los garbanzos y el aceite en el tio Perico, el pescao al juaneca, y las bragas (de cuello vuelto) y los trapitos donde las chicas ( que ya tienen setenta años), además todo sin carrito, y si mese olvida algo le mando a un de los mullallos a por el encargo, ya sea el avio pal cocido, o la lejia pal suelo.
Un besito mozas modernas , que os complicais mucho la vida, y el tiempo no se pue gastar a la ligera.
Y el vino y aguardiente de yerbas me lo hago yo , que me sale mu rico
Qué bien lo has escrito. Cada día lo haces mejor
Cola-Cao, el alimento de los campeo-nas..........:
http://www.youtube.com/watch?v=E30adwPYTbw
¡Dios, qué asco de anuncio!
;DDD
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