20.8.11

Y click final...


Con besos grandes, abrazos, arrumacos, confidencias, y lo que caiga a quienes me habéis escrito "para que no cierre", especialmente a mi Euskalduno favorito, que él sabe quién es, y a mi yanqui momentánea, María ;))

Nos vemos, como ya dije, en el mundo real. Os quiero... Y a ellos, que sí me animaron a cerrar, también...

...zzzz...

Click bailando...

Click con agua...



18.8.11

María Mancini se va...

"Las mujeres tenemos un cuerpo diseñado para engatusar a los hombres". Lo he oído en la tele, no sé bien dónde. Y he sentido un terrible escalofrío. Porque, sea verdad o no, es terrible pensar o creer eso. Y, lo que es peor, caes en la cuenta de que, si no andas con tiento, tú misma lo has hecho alguna vez... o más. Recuerdo a una vecina que usaba el sexo como moneda de cambio con su marido y lo contaba orgullosa de sus habilidades.

Pero en realidad, lo que mejor sabemos hacer las mujeres, lo sepamos o no, nos lo permitamos o no, es amar sin condiciones. Claro que para hacer esto hay que ser muy valientes. Dejar el ego aparte, el afán de ganar, las ganas de que alguien sea mío... si, lo sé, ellos también, pero yo sólo sé de la parte que me toca. Y para amar, niñas, no vale mentir. Ni al otro ni a sí misma. No importa el resultado, quedarse o irse no es el problema, ni la solución. La única verdad es el amor. Y ése está dentro de ti, con o sin el otro.

Abrir el corazón y amar lo que es puede parecer un deporte de riesgo pero no hay que tener miedo porque cuando hay amor, nunca hay dolor, sólo quieres el bien y la felicidad de las personas a las que has abierto el corazón. Pero a las mujeres nos da miedo hacer esto muchas veces. Y entonces luchamos por parecer lo que no somos, por hacer lo que se espera de nosotras, invertimos una energía excesiva en controlar, en mantener una falsa seguridad, en alimentar una imagen bastante falsa de lo que somos, de lo que sentimos, de nuestras necesidades escondidas. Y nos convertimos en diosas a tiempo parcial infravalorando muchas veces la mujer real que somos que, a fin de cuentas, es la que vale porque es todo lo que tenemos. Y creo que, además, es mucho mejor que la diosa fingida.

Porque amar es un arte y cada persona un artista, sólo hay que coger los pinceles y perderle el miedo al lienzo en blanco, dejar que entren en tu corazón y no huir de lo que sabemos que nos haría bien. La sonrisa, la alegría, la pasión, no dependen de otra persona, ni la provoca otra persona; todas son cualidades que viven contigo, que viven conmigo, y que podemos regalar a las personas que queremos. Y ya se sabe que un regalo es un regalo y no se le pone precio ni se espera correspondencia. Amar no requiere esfuerzo. Resistirse a la vida nunca es un triunfo... Y los regalos que te da la vida, no importa si hay que esconderlos en el cajón secreto, son para disfrutarlos y agradecerlos a aquellos que nos los hicieron, y a nosotros mismos que supimos disfrutarlos y dejarlos libres y en paz.

El amor, como la milicia, rechaza a los pusilánimes... El arte de amar. Ovidio.


Éste es el estado real de nuestras vidas: respetabilidad, posesión y vacuidad y el problema de cómo ir más allá de eso. La mayoría no quiere hacerlo. Casi todos estamos satisfechos de ser como somos; es demasiado agotador descubrir algo nuevo, de modo que preferimos seguir como estamos. Y ésta es la verdadera dificultad. Tenemos muchísimas seguridades: hemos erigido muros a nuestro alrededor y sólo algunas veces llega un susurro desde más allá del muro; a veces hay una perturbación que pronto sofocamos. Muy pocos de nosotros queremos ir más allá de este proceso de autoencierro; todo lo que buscamos es una sustitución, la misma cosa en una forma diferente. Krishnamurti

En definitiva, que voy llamando a mi CEOalbañil porque yo ya no huyo más y este muro lo derribo. María Mancini ha muerto hoy. Yo soy la de la foto y me llamo Lola, soy débil, vulnerable, amorosa y algunas cosas más que no voy a contar aquí, porque se acabó el personaje. Me vuelvo al mundo real. Allí nos vemos y allí nos querremos.

12.8.11

#briconsejo para la autoestima

Empecemos poniendo unas sevillanas que, desde mi punto de vista, no son cualquier cosa.



Alba Molina (en muchos sitios de Internet dan la autoría a Estrella Morente) en estas sevillanas tiene una forma de decir que llega dentro, muy dentro... quiebros, dejes, tonillos que dan a la letra y a la música un punto de realidad femenina encantadora, natural y también desgarradora. Las pondremos para seguir los pasos indicados más abajo.

No, qué va, yo no entiendo de flamenco ni de sevillanas, pero me crié en una casa donde se alternaba lo más cool del momento, que escuchaba mi madre, fina, elegante y bien educada, con el flamenco y la alegría de mi tata, ni fina, ni elegante, ni falta que le hacía.
José Guardiola, Nat King Cole y Los Brincos luchaban por hacerse un hueco entre fandangos de Alosno de los hermanos Toronjo (mi mamá es de Cabezas Rubias)....  y hasta Manolo Escobar, que a mí particularmente me sacaba de quicio. Pero ni un solo día faltaba la música, y eso que a veces... ... ... A veces mi madre se sentaba en el descansillo de la escalera y cantaba fandangos de su tierra, una tierra que odiaba y añoraba a partes iguales. Yo la odiaba a ella, no me gustaba que hiciera eso, en mi casa entraba y salía medio pueblo y la podían ver, allí nadie cantaba fandangos de Alosno, qué vergüenza... Ahora siento no haberme sentado con ella y haber llorado las mismas lágrimas gordas como charcos que se le caían sin que la voz se le quebrara, claro que entonces no sabía yo que algún día tendría los mismos sentimientos de desarraigo que tenía ella y que se me caerían las lágrimas igualitas, igualitas, añorando las raíces que me alimentaron y que tanto odié porque a veces era alimento envenenado. Eso sí, yo libero al mundo de mi cante y reparto mis lágrimas al aire en modo aspersor, mientras bailo flamenco como si nadie me viera. Es muy bonito dar una vuelta y ver el chorrito de agua salada volar de tus ojos hasta el cristal del espejo...

Empezar a bailar en esa casa no era difícil, aprendías por puro contagio. Bailar y cantar es medicina para el alma y bailar flamenco, es también medicina para la espalda, que me lo recetó mi otorrino, y para la autoestima es un bálsamo, un aceite suave que alguien te extendiera con afecto por las orejas, el pelo y el alma.

Pero veamos un ejemplo...

Imagina que te levantas un poco baja de ánimo y sin ganas de ná que diría mi queridísima Martirio. Da estos pasos y los demonios se irán a otra parte, tú despídelos con cariño, a fin de cuentas sin ellos no seríamos las que somos. Empezamos:

1. Cepíllate el pelo, lávate la cara, mírate a los ojos, sonríe a la mujer que te mira desde el espejo, ¿a que es una tía estupenda? Hace calor, quítate la ropa. Toda. Deja de mirarte a los ojos. Vamos... eres preciosa... Me enamoré, me enamoré, me enamoré... tu risa, tu pelo, tu cara paisaje del cielo...

2. Pon las sevillanas, dale al play, respira hondo, levanta los brazos... más... mira el espejo... muévete, baila, quiébrate, escucha, siente, llora, ríe, haz lo que te salga. Todo. La soledad, la soledad, tu soledad... tus besos, mi miedo...
3. Ya has visto que puedes vivir sin nada y bailar sin ropa. Ponte una falda de vuelo y vuelve a bailar, esta vez dando aire a la tela. Asoman tus piernas, se ven tus pechos, qué hermosura...  Ponte una camisa blanca, hazle un nudo bajo el pecho, deja el estómago fuera, gitana. Sube los brazos, hinca la cabeza, mira arriba, vuelve a jincar, gira, gira, gira, mírate qué guapa estás, qué bien te mueves, qué  bien te sientes. Tú que te das, tú que te das, tú que te das... mi sangre, mis ganas, mi aliento...

4. Ahora una flor en el pelo. La que más te guste... una enorme margarita blanca, por ejemplo. Mete tu mano bajo la nuca, despéinate, acaríciate, libérate, libérate, libérate... Y date el son de los campos y las playas de Cádiz.


Otra opción si finalmente no te atreves a bailar, es irte a Puerto Banús y leer un buen libro. En papel o en áipad, eso es lo de menos, pero que haga juego con tu alma o, al menos, con tu bikini.



31.7.11

Soñar con delfines a la hora de la siesta

Son las 18.40 de la hora de la siesta de un final de julio como otro cualquiera.

Yo, que soy de familia decente, siempre duermo la siesta. Y sé que la gente del norte (algunos, que ahora Marbella está llenita de euskaldunes, menos uno ;P) se cree mejor que yo porque ellos no suelen hacerlo y trabajan más y se creen que trabajar más es mejor (al cementerio todos después, los buenos, los malos, los que hicieron lo que debían y las que hicimos lo que nos dio la gana) (ah, y si hay cielo, mejor, porque los díscolos entramos antes por aquello de la misericordia divina). Pero no, de ninguna manera, es muchísimo mejor dormir la siesta. Dos jornadas laborales en una, el sueño de todo empresario.

Y si sueñas con delfines (durante la siesta, y no eres empresario) ya es la pera.

Y aún así, me he despertado con taquicardia. No, no sé porqué. O sí, que quedarse dormida con un vestido (rojo) puesto, el aire acondicionado y "amanecer" tapada y sudando no debe ser ni bonito, ni bueno y menos aún glamuroso, pero en fin, ya que me he puesto a escribirlo no me lo voy a guardar.

Cuando era pequeña me obligaban a dormir la siesta. No sé cuántos adultos mataría yo, con distintos y dolorosos métodos, en mis sueños de aquella época... No podía entender que me hicieran perder el tiempo tirada en una cama, y mis hermanos tampoco; y si estábamos en casa de mi abuela a una media de siete u ocho primos a la vez, el follón estaba felizmente garantizado. No hacía falta aire acondicionado en aquella casa, así que de entrada las siestas eran mucho más sanas. O jugábamos, leíamos cartas que nadie debía leer, de esas que creen estar a salvo en un cajón oscuro, o contábamos historias tumbados en las losetas de cemento hidráulico, como las de Bilbao pero en fino, que aquella era una casa cristiana y con jazmines en el patio. Pero eso lo cuento otro día, que se me va a olvidar el sueño de hoy...

Llegué a la playa con mis miedos metidos en la bolsa de plástico negro, grande sin exagerar, llena de antídotos contra esos miedos: cremas solares, agua, pañuelos, llaves, dinero y mi cómopodíavivirsintiantes, es decir, mi Áifon, y la misma toalla de playa que tengo desde hace 17 años (me llevé una bronca de mi contrario de entonces por el precio que pagué por ella, ignorante de la vida, a saber cuántas toallas habrá comprado él ya), y que está impecable como corresponde a los artículos de calidad. 

La playa, que antes era enorme, ahora era poco más que una piscina olímpica. Las mismas piedras, la misma arena, los mismos camareros brillantes... pero la playa muy pequeña, y con espectáculo de delfines sin domadores, cuidadores ni similares, a su bola totalmente. Se tiraban encima de la gente porque eran enormes, y nadie se hacía daño. Me siento en el chiringuito y contemplo el espectáculo como si la cosa no fuera conmigo, sentada en medio de la marabunta y no enterándome ni de lo que hablan mis amigos.





De repente siento una brisa en la nuca, me giro, veo su odiosa nariz, me levanto como del rayo, y me voy al agua con lo puesto y... aquí viene lo que me produjo taquicardia... llevaba el Áifon en la mano derecha. Me dio tiempo a pensar que no había enviado ninguna foto a Instagram desde hacia media hora y, lo que es peor, no sabía nadie de Twitter que yo estaba en una playa con delfines, ¿cómo podía seguir el mundo funcionando? Y lo que es más peor de lo peor, ¿cómo podía yo disfrutar de aquello si no lo contaba? Empecé a comprender a Luis Miguel Dominguín mal que me pese, más curas de humildad, que me llueven últimamente, mezcladas con todo lo demás. Me alivió verme capaz de huir de aquella nariz y comprobar que por fin no me seguía, había un delfín enorme mirándola de cerca e impidiéndole el paso.

Así que bikini negro y Áifon a juego, me fui al agua a hacer fotos, tranquila, en plan yolodejocuandoquiera como mi amigo Raúl Diego... Sólo a la orilla claro, que la funda impermeable y sumergible aún estoy esperando a que María Barceló me la regale. Pero hete aquí que un delfín me ve y me reconoce y me sonríe y viene a por mí, era el mismo que asustaba a la nariz perseguidora... y yo que no, que se me moja el teléfono, que sólo quería una foto, me escaqueo y se lleva a otro bañista despistado que me echa la culpa, y finalmente, consiguió alcanzarme, nada difícil por cierto, me cogió de los pies y me subió, me subió, me subió, aquello era hermosísimo, lo que sentí en las tripas no lo puedo contar, pero lo recuerdo muy bien, libre, limpia, sana, desapegada y feliz... y pude hacer unas fotos que parecía yo Juanjo Muñoz un lunes a las 7 de la mañana haciendo fotos de los hierros de la parte de abajo del puente del Metro de San Juan (sin moverse de su asiento ni despeinarse, claro, sino qué mérito iba a ser...)

Finalmente, el delfín me dejó en la arena, despacito, y me tocó la mano para demostrarme que al teléfono no le pasaba nada, y me dio un beso en la frente para que yo supiera que él sabía que no me había hecho daño, sólo me había hecho pasar un rato maravilloso.

Y me sonrió con los ojos, y se alejó, y me quedé en paz.

(Y ahora voy a buscar en mi dueño, el Google, lo que significan los sueños con delfines, ya veré si tengo que volver aquí a retocar algo)

27.7.11

Cántame una canción al oído...

Primeramente, estudiemos un poco el mapa donde nos vamos a mover: machismo (necesitamos una mujer aquí), feminismo (no es el opuesto ni complementario al machismo, nada que ver), violentar (está claro), homosexualidad, (elegir con quién te acuestas, ni más, ni menos), asesinar (buenas acepciones la 2 y 3, ¿eh?, y limpias, no se mancha nada de sangre), amor... (¿y tú qué sabes lo que es eso?), desamor (me gustabas más cuando no te conocía)... género, hombre, mujer... habría muchos términos que aclarar antes de ponernos manos a la obra de la cuestión.

Segundamente, personas estudiadas y leídas preguntaban esta mañana en Twitter y otros sitios de mal vivir, si el crimen "pasional" de un hombre que ha matado a su ex-novio  era violencia machista o no. Yo no voy a responder, creo que leyendo las definiciones de nuestros insignes académicos y alguna académica, cada quien saque sus propias conclusiones. Toda la vida usando el lenguaje de forma inadecuada pareciera que no tiene importancia, pero la tiene. Matar por amor es tan lógico... ¿verdad?

¿Y entonces qué es si no es violencia machista? Pues es mala educación (emocional). Es falta de amor por uno mismo, falta de autoestima, adicción a una relación o a una persona, codependencia, haberse creído la canción de Amaral "sin ti no soy nada", no es un chiste... música que "enamora" con letras escabrosas si nos paramos a pensar... espía, acosa, desatinos, excusas, manipulación, engaño, locura, ganancia, pérdida, esclavitud, control, celos, posesión, neurosis, obsesión y abandono... son algunas de las perlas encumbradas en las canciones de amor que nos alimentan el alma desde chiquitos. Y la poesía culta, también.



Un ejemplo de canción sería la del amigo de toda la vida que sólo de pensar en morirse sin follarte o sin que le adores, se cabrea... si es un primer novio la cosa puede ser más seria. Y la gente se ríe, nos reímos... porque casi siempre queda en nada, o en casi nada, o no te enteras, o se te pasa pronto, o a otra cosa mariposa... pero el mal está y va calando en los pobres de espíritu que no saben vivir la vida si no es sufriendo por amor.

Prevenir las adicciones emocionales, casi siempre anteriores a las químicas es algo que se nos escapa probablemente porque aquí pocos sean los que puedan tirar la primera piedra.

(El título de la entrada ya lo sabe todo el mundo, de Sabina...)

Agarrada a la perfecta raya de un pantalón

La vida de mi madre, porque ella lo eligió así y no supo hacerlo mejor, ha sido siempre una sucursal de la vida de mi padre, que sí que tiene y siempre tuvo vida propia.
Los hijos éramos una consecuencia lógica más que el resultado del amor, así que se nos aceptaba como animales de compañía, siempre que no molestáramos mucho, especialmente si había visitas importantes.
Lo que era importante no tenía nada que ver con la felicidad de la pandilla que llegamos a formar en aquel mal llamado hogar, así que malvivíamos en medio de la abundancia.
Un día mi madre se enfadó muchísimo con mi padre y nos dio una paliza monumental. Mi padre entró en el momento más duro del espectáculo y tras quejarse de lo bochornoso que le parecía, se dirigió a la puerta huyendo de la batalla; yo corrí suplicando que no se fuera, aquella mujer podría matarnos sin ni siquiera darse cuenta, estaba fuera de sí... Pero mi padre, impasible, cogió mi manita y la soltó de su cintura, me caí al suelo y me agarré como una posesa al pernil de su pantalón, él sacudía las piernas en un afán infructuoso de zafarse de mí, yo tenía tanto miedo que mi muñeca, apenas un palito, multiplicó su fuerza por mil.
Finalmente, mi padre liberó sus pantalones de mis manos y se fue dando un portazo dejándonos allí, en manos de la locura.
Tal vez por eso ahora, cuando rompo con un hombre, me interese éste o no, sigo por un tiempo agarrada imaginariamente al pernil de sus pantalones. Y realmente es muy doloroso sentir una y otra vez exactamente lo mismo, como si no hubiera pasado el tiempo... Creo que si él no se hubiera ido, o tal vez si me hubiera explicado porqué lo hizo... la verdad es que nunca supimos lo que mi padre tenía en la cabeza... nunca sabíamos cuál sería el siguiente paso, y eso nos mantenía atados a su alrededor mientras él ejercía el poder desde la ausencia.
(P.L. 32 años)